Cartas que nunca llegaron

Hay palabras que escribimos para no enviarlas. Las guardamos en cajones, en borradores sin título,
en el fondo del pecho donde nadie puede leerlas. Son las cartas más honestas que existen — porque
cuando sabemos que nadie va a leer, nos permitimos por fin decir la verdad.

Una carta no enviada es un acto de amor extremo. Es proteger al otro de tu propia intensidad. Es
quererlo tanto que prefieres guardarte.

▎ Te escribí en enero
▎ con la tinta del invierno,
▎ con esa letra temblorosa
▎ que solo sale de noche.

▎ No te pregunté cómo estabas.
▎ Te pregunté si todavía
▎ pensabas en mí
▎ cuando llovía.

▎ Guardé la carta.
▎ La doblé en cuatro,
▎ la metí en el bolsillo
▎ más profundo del abrigo,
▎ ese que ya no uso
▎ porque me recuerda al frío
▎ que se siente
▎ cuando alguien se va.

▎ Pero a veces la saco.
▎ La desdoblo despacio.
▎ La leo como si fuera
▎ de otra persona,
▎ como si ese dolor
▎ le perteneciera a alguien
▎ que ya no soy yo.

▎ Y casi me convenzo.

Los grandes libros de amor de la historia son, en el fondo, cartas. Las penas del joven Werther es
una carta. Cien años de soledad es la carta más larga que García Márquez le escribió al olvido. El
amor en los tiempos del cólera es una carta enviada cincuenta años tarde.

Quizás toda la literatura no es más que eso: el intento desesperado de decirle a alguien — en algún
tiempo, en algún lugar — que estuvimos aquí. Que sentimos. Que amamos.

¿A quién le debes una carta tú?

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